• Arturo Sosa

Una noche memorable

(Prohibida para menores de 21 años)


Fuimos compañeros de cuarto en el internado a finales de los setenta.


Estudiábamos el bachillerato en la misma preparatoria y compartíamos el mismo cuarto 107 en el edificio 7 del internado de varones.


Se llamaba Dantón y era un chilango de 18 años: alto, flaco, nariz aguileña, veloz con los chistes y las ocurrencias.


Y cuando digo veloz, realmente quiero decir que era el tipo conocido en todo el internado por sus historias humorísticas y sus carcajadas.


Él era un chiste andando. Un astro del Stand up comedy cuando no existía el Stand up.


Nuestro cuarto era el punto de reunión después de la cena; allí llegaban los vecinos de nuestra ala del edificio y de otros. Todos se congregaban para escuchar los chistes de Dantón. Una hora, dos horas…


- ¿Qué tan bueno era para hacerlos reír? -se preguntarán.


Un viernes en la noche, salimos del internado a un bar cercano con mi compañero. Éramos un par de chavos a finales de los años setenta, en busca de aventura y romance.


Y lo encontramos.


Pronto empezamos a platicar con un par de chavas de la mesa de al lado. Hicimos clic rápidamente (los dioses estaban de nuestro lado), y cuando menos lo pensamos, la velada se había convertido en una promesa de algo más.


Esa fue una de las noches más memorables de mi vida. Inolvidable, debo confesarlo.


Nadie dijo nada, pero los cuatro lo sabíamos. Ellas lo sabían y nosotros también. Había un atrevido interés de mutuo acuerdo flotando en esa atmósfera incitante de viernes. Después de la medianoche, la aventura nos llevó al destino que ya estaba escrito.


Fue una sola habitación en un hotel discreto (éramos estudiantes y no había suficiente dinero para rentar dos cuartos). Eso sí, dos camas matrimoniales, cada quien con su pareja y cada quien ensimismado en sus propios sueños de amor.


La oscuridad era total; de repente, mucho antes que el cielo estallara en mil colores bonitos, ella y yo escuchamos una risa ahogada tratando de contenerse.


Una risa alegre, llena de sorpresa, divertida. Muy suave al principio, pero continua. No se detenía.


Luego una carcajada dizque apagada.


Otra.


–¿Qué le hace tu amigo a mi amiga? –me preguntó ella medio temerosa.


Yo me detuve. Aunque había escuchado la risita, la pregunta me sacó por completo de mis quehaceres.


Un susurro masculino y como respuesta una carcajada completa, abierta y franca, de ella.


Yo supe lo que estaba sucediendo:


–Dantón le está contando chistes –le contesté.


No me creyó. Aguzó los sentidos alejando su interés de mí para escucharlo, y yo supe en ese instante que había perdido la oportunidad de conocer el amor en esa noche de aventura.


Una carcajada más fuerte; la amiga estaba ahora muerta de la risa.


–¡Ah no! –me dijo–. Yo tengo que saber lo qué está pasando.


Y sin decir agua va, se incorporó y encendió la lámpara de la única mesita de noche.


La luz nos sorprendió.


Todos nos miramos. Dantón, ágil y veloz, me dijo: «Vos, ¿te conté ya el chiste del gallego en el tren? »


Lo que sucedió será por siempre de antología.


Durante las siguientes horas, nos contó los mejores chistes de su repertorio y nuestras carcajadas felices se volvieron su coro.


Cuatro muchachos sin ropa, acostados en la misma cama matrimonial, desnudos de inhibiciones, libres, muriéndonos de la risa a cada chiste del buen Dantón.


Uno tras otro. Carcajada tras carcajada sin fin…


¿Cómo terminó la velada?


En algún momento, el sol comenzó a iluminar el frustrado romántico cuarto de hotel. Sin quererlo, la noche había llegado a su fin y entendimos en silencio, que la aventura también.


Nos vestimos despacio, sin prisas, recordando esta o aquella frase chispeante, o alguna otra ocurrencia del buen Dantón.


Salimos los cuatro juntos del hotel, con una cara de desvelo y una sonrisa de oreja a oreja. Nos dimos sinceros abrazos y mientras nos despedíamos, sin necesidad de proclamarlo, confesamos que esa había sido la mejor noche de nuestras disparatadas vidas juveniles.


Nunca más volvimos a ver a las muchachas. A nadie se le ocurrió guardar los números telefónicos ni dar las direcciones de sus casas, ni siquiera conservar los nombres de los protagonistas de una noche tan memorable como sana, limpia, divertida a morir (aunque para ser sincero, estoy seguro que ellas deben recordar hasta el día de hoy el nombre de Dantón…el mío no).


Han pasado muchos años de esto y todavía se me viene a la cabeza, alguno que otro chiste de los que contó mi compinche. Y créanme que, aunque no tengo ni siquiera una cuarta parte de la habilidad de mi antiguo compañero del internado, esos todavía funcionan.


Los chistes del buen Dantón, en una noche memorable a finales de los años setenta.


El Suscrito

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