• Arturo Sosa

Un bosque seco



Son las cinco de la tarde y el sol apremia.


Hay pocos árboles y los que se ven son muy pequeños como para guarecerse bajo de ellos o peor aún, poseen agudas espinas para alejar a los intrusos. De hecho, la mayor parte son arbustos que botan las hojas durante casi todo el año.


El suelo ha dejado de ser aquella confortable alfombra de hojas caídas y húmedas, muy típica del bosque nublado. Aquí es una piedra caliza, seca, porosa, expuesta al inclemente sol. La pisada se vuelve cansada y el camino de regreso es agobiante.


Por esta parte de La Tigra la lluvia es mucho más escasa, tal vez por el efecto “sombrilla” que provocan las montañas que se alzan en el lado este del parque; ellas atrapan en sus cimas pletóricas de bosques de hoja ancha, las nubes cargadas de humedad que han sido empujadas desde la costa atlántica. Así, el lado oeste del parque queda desprovisto de esa humedad y se forma un bosque seco con especies de flora y fauna muy diferentes.


Este es otro ecosistema.


Poca gente conoce el lado noroeste del parque. Cofradía y Carpinteros son las localidades más grandes en este extremo casi desconocido de La Tigra; un límite que bordea la antigua carretera de Tegucigalpa hacia Olancho.


Esta una cara extraña del Parque Nacional La Tigra; pero también aquí existe una biodiversidad que asombra.


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