• Arturo Sosa

Sí lo sabe Dios…

Tengo que admitirlo: poca gente lo sabe.


De hecho, muy, muy pocos. Casi nadie.


Y si hablo ahora, si confieso hasta este día, es porque ya llegó el momento de decirlo, de volverlo público. Nos lo merecemos, nos lo hemos ganado: ella y yo llevamos mucho tiempo viviendo juntos, en unión libre.


Sin curas ni abogados de por medio.


No existe un contrato por escrito, ningún papel que nos obligue.


Unidos por voluntad propia, por un lazo invisible, poderoso, indisoluble entre nosotros y a pesar del qué dirán, de las habladurías, de los chismes ponzoñosos.


Yo juro que no podría vivir sin ella porque sencillamente me conoce mejor que nadie. Sabe mis gustos y lo que no me gusta (créanme, a esta edad lo segundo es más importante).


– ¡Viejo amañado! –me dice cariñosamente cuando yo me pongo los moños. Pero no se enoja, solo me recuerda que ya soy un gallo viejo y jugado.


Por eso, los domingos son sagrados para mí; los domingos se los dedico por entero.


Se lo merece.


Ese día escucho sus cuitas, alegrías, lamentos, éxitos, las quejas de la semana, los chismes de los vecinos y hasta sus maldiciones en polaco (que aprendió recientemente).


¡Me encanta ponerle atención!


De vez en cuando la interrumpo, intervengo en su monólogo y le comento algo, le pregunto esto, opino de aquello.


Ella se me queda viendo, fijamente, y sonríe con aire condescendiente; “Era inútil que el indio, su amado…”.


Así es ella, me conoce revés y derecho.


Por eso los domingos, mientras lavamos ropa, tendemos ropa, doblamos ropa, yo la escucho.


O cuando limpiamos la refri, cambiamos toallas y ropa de cama, regamos las plantas, lavamos el carro y los baños, yo me pregunto cómo sería mi vida sin ella; un fracaso, seguramente.


Sinceramente, yo no sé que sería de mi sin Zoila…


Zoila…que lavo, Zoila…que limpio, Zoila que barro.


Y sí lo sabe Dios, pues, ya, que lo sepa el mundo.


El Suscrito

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