• Arturo Sosa

Nuestro Merendón


La verde exhuberancia de un gigante higo.

Fue ayer por la tarde.


Una oropéndola de Moctezuma alertó de mi llegada a la montaña que conozco como Miramelinda. Nada se movía, pero yo sabía que allí estaban. Cientos de ojos observándome: aves, ardillas, lagartijas, insectos, tal vez algún mono cara blanca, ratones, culebras, serpientes.


El instinto les ordenó no mover un tan solo músculo. Impasibles, me vieron sacar mi cámara y trípode.


Comencé a trabajar.


Hay tanto por registrar, por descubrir. La montaña todavía está llena de vida. Y como siempre, es realmente difícil de reconocer su arquitectura interna, sus tejidos vivos, capturar su espíritu. Todos los árboles se parecen entre sí, lo que vuelve difícil, aun para cualquier especialista, el identificarlos plenamente. Además, la penumbra nos envuelve por lo frondoso de las copas de los árboles, las cuales impiden que lleguen al suelo los rayos de luz. Sin embargo, de repente, aquí y allá, el visitante se encuentra con un espacio abierto creado por la caída de un árbol viejo.



La vida misma encuentra su camino.

Esa es la oportunidad para las plantas jóvenes que han estado esperando un rayo de vida. La lucha se vuelve entonces tenaz por capturar la poca luz que ahora llega.


Luz y agua son las claves del bosque neotropical. Mucha luz y mucha agua. Pero ayer no encontré tanto de eso.


Ciertamente tampoco caminé mucho, apenas un centenar de metros en el lecho rocoso de un afluente del Río de Piedras.




Verán, yo solía bañarme allí cuando era niño. Cuando había mucha agua y se formaban pozas de agua helada y transparente. Cuando había…


¿A dónde se fue el agua?

Tal vez con mis recuerdos.


Sin embargo, durante el par de horas que estuve en ese milenario cauce, volví a ver a algunos de mis viejos amigos: aves, pichetes, bejucos, cactus, y todos con historias maravillosas por contar, por compartir.


Ayer fue mi primera visita a la montaña en muchos años. Necesitaré reordenar mis pensamientos y volver a sentir lo que sentía cuando de niño la recorría.


Ayer fui a Miramelinda, nuestro Merendón.


San Pedro Sula

octubre 30, 2019

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