• Arturo Sosa

La plata olvidada de Santa Lucía




Nos preparamos para descender a la mina de San Martín, tomando cada quien un buen trago de aguardiente para protegernos contra el frío subterráneo… después de un fatigoso descenso nos encontramos en el fondo de la mina, a una profundidad de 164 pies; la temperatura en este punto era de 68 Farh.

Así comenzó narrando William Wells su entrada a la mina San Martín, en Santa Lucía, Francisco Morazán, en el año de 1854.


Fue su primer descenso a una mina hondureña.


Durante un año, el ávido buscador de oro recorrió en lancha, a pie y sobre mula, una buena parte del país, incluyendo la zona sur, el centro e incluso llegó hasta las profundidades de Olancho en busca del ansiado mineral y otras riquezas naturales. De hecho, arribó al país representando a un grupo de inversionistas norteamericanos con la finalidad de obtener del gobierno hondureño «concesiones mineras y comerciales».


Pero Wells no era solo un experimentado marinero, curtido explorador y astuto promotor de relaciones comerciales internacionales, sino también un muy buen observador de la vida diaria y un mejor relator. Su libro «Exploraciones y aventuras en Honduras», publicado en Nueva York en 1857 está basado principalmente en el diario de viaje que escribió, diligentemente cada día mientras recorría el país.


Wells afirmó:

Honduras puede clasificarse en verdad, como un almacén de plata. Sus cerros rebosan de minas que solo requieren el apoyo de la industria para ofrendar sus ocultas riquezas.

En sus detalladas descripciones, como dice el prólogo de la reedición de 1960 publicada por el Banco Central de Honduras, Wells se nos revela como un fidedigno narrador: «Benévolo a veces, acertado y justo otras, y en ocasiones duro y cruel hasta herir los sentimientos del centroamericano más indiferente…».


Atraído por los informes que tenía sobre la riqueza de San Martín, el norteamericano hizo aquí su primera incursión a las profundidades de una mina hondureña. Su relato describe con precisión los temores y emociones que le provocaron descender, y su asombro ante lo que encontró. Wells no se equivocó en sus apreciaciones sobre la minería del país ni mucho menos en sus observaciones sobre Santa Lucía, el mágico pueblo donde vivo.


Al leer su libro, más de ciento cincuenta años después, no pude menos que emocionarme y decidí seguir sus pasos. De alguna manera. De hecho, desde que llegué a residir en estas montañas azules ya me había preguntado dónde estaban las famosas minas que tantas veces nos han mencionado en las lecciones de historia. Pero necesitaba encontrar los testimonios en piedra de los relatos del explorador norteamericano y confirmar con mis propios ojos la legendaria riqueza en oro y plata de Santa Lucía.


Sin embargo, una cosa es proponérselo y otra, realizarlo. Tarea nada fácil.


Afortunadamente para mi, encontré el apoyo total de la Alcaldía Municipal de Santa Lucía. Merced a esto, hemos podido recorrer durante las últimas semanas, algunos de los interminables cerros y montañas que pertenecen al municipio. Y digo “hemos” porque junto a Álvaro García, oficial de turismo de la municipalidad, los historiadores Bryan Buezo y José Cáceres, más el apoyo de mis hijos Alejandro e Isabela, comenzamos un recorrido por la olvidada historia minera de Honduras.


Así fue como llegamos a San Martín. La primera mina que encontramos, gracias a Wells y muy a pesar del olvido y la maleza que la envuelve ahora.





San Martín fue en su momento la mina más rica en plata de Santa Lucía, según las propias descripciones de Wells. En un buen golpe de suerte, durante nuestro primer día de búsqueda, encontramos un respiradero soterrado de la misma, no la entrada principal. Esa debe de encontrarse en la cresta de la montaña, tal y como lo señaló Wells en su libro. Ante la carencia del equipo correcto, decidimos no entrar por esa vez en el respiradero y continuar buscando en el futuro la entrada principal.


Por otro lado, teníamos referencias prometedoras de restos abandonados de maquinaria antigua en un sitio llamado Betania. Tras este primer hallazgo, emprendimos el rumbo sin sospechar, remotamente, de la enorme sorpresa que nos aguardaba justamente debajo de la iglesia de Santa Lucía.




Antiguas trituradoras de broza permanecen todavía erguidas soportando el paso de los años, listas para recordarnos el pasado minero del pueblo.


La mina Betania viene desde tiempos sin memoria. Debió tener otro nombre en sus orígenes durante la época colonial y sin duda fue una de las más grandes. Su principal bocamina se encuentra completamente soterrada y muy cerca, restos de un muro o tal vez de una pared nos atestiguan que hubo una estructura creada por el hombre.



Lo que aparenta ser una dovela o cuña arquitectónica de seis caras, posiblemente de la época colonial, se descubre para darnos más detalles de la antigua mina.



Betania funcionó aproximadamente hasta las primeras décadas del siglo pasado. Las antiguas pilas coloniales que servían para lavar la broza extraída de las profundidades se convirtieron en hornos para alfarería y finalmente fueron abandonadas. Tras limpiar a machetazo limpio la densa maleza, descubrimos lo que el tiempo se encargó de ocultar: una de las minas principales de la zona.





Muy cerca de las pilas, atrapadas por el olvido y los árboles, yacen abandonados los restos de un poderoso y rudimentario brazo mecánico que ayudaba en el movimiento de las pesadas brozas.



Wells escribió en su diario:

Mientras andábamos por la región, vi muchos lugares donde se habían descubierto vetas de plata; hay sin duda una red de metal que penetra por todas las montañas de este distrito (Santa Lucía)…

Ciertamente el oro y la plata estaban presentes en cantidades inimaginables en el centro del país y fueron los conquistadores españoles los primeros en darse cuenta. Durante todo el siglo XVI y parte del XVII, la minería hondureña se convirtió en fuente de riqueza para la corona española. El historiador Juan Manuel Aguilar en su libro «Mineral de Santa Lucía (1580-1590)» nos cuenta que las minas de Guazucarán (cerca de la actual Ojojona) fueron las más importantes en su momento y ahí se estableció la Alcaldía Mayor de Minas de Honduras. Fue hasta después que se descubrieran las minas de Tegucigalpa que el Alcalde Mayor se trasladó a Tegucigalpa y con el paso del tiempo cambió el nombre al de Alcaldía Mayor de Minas de Tegucigalpa.


A esta jurisdicción pertenecían las minas de Santa Lucía. En realidad, el pueblo comenzó como una colección desperdigada de apartadas casas y chozas que servían de refugio temporal a los mineros que trabajan en sus cerros. Tanta fue la extracción de ricos minerales, que la tradición nos cuenta que el Rey Felipe II obsequió el 15 de enero de 1572, un cáliz de plata, un incensario, la palmatoria, unos candelabros y un cristo crucificado en agradecimiento a la plata extraída de esas minas.


Cristo de la Merced, Santa Lucía

Para el año de 1611, la Orden de los Mercedarios había establecido un convento en el Mineral de Santa Lucía, lo que nos da a entender que ya existía un asentamiento más grande, con más habitantes y por ende, más mineros. Pero, las minas de Santa Lucia, al igual que la mayoría de las minas de todo el país, sufrieron de los mismos males durante los siglos de la Colonia y la posterior independencia: no todo lo que brillaba era oro.


Los informes de los oficiales reales de la corona española durante los siglos XVII y XVIII corroboran la carencia de mano de obra para el trabajo de las minas y lo poco que se obtenía debido al desperdicio de broza extraída a pura fuerza de músculo indígena y maltratada. Además, el azogue, (mercurio), elemento indispensable en la extracción minera no existía en el país y debía ser importado. Su crónica carencia fue siempre un azote para los antiguos mineros. Junto a eso los pocos recursos económicos y el empleo de tecnologías rudimentarias y arcaicas condenaban al fracaso, tarde o temprano, el esfuerzo de los mineros.


Inexorablemente.


Entonces, ¿se acabaron los ricos yacimientos de oro y plata en Santa Lucía?


No.


Y tampoco Wells se equivocó…

Continuará...

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