• Arturo Sosa

Medio en pelotas...


La semana pasada, mientras daba las últimas revisiones a la nota sobre la poeta Ingrid Ortéz, constructora artística, me encontré con un reportaje titulado «Amor» en la revista National Geographic del mes de febrero del 2004.


Todavía estaba yo impregnado de las vibrantes palabras hilvanadas por la poeta en su libro Cadencias de Amor, y me alegré del casual descubrimiento muy ‘ad hoc’ –pensé.


El artículo de Nat Geo describía: «los últimos hallazgos sobre la bioquímica del amor», un extenso reportaje que nos revelaba los descubrimientos científicos hechos hasta la fecha sobre el amor. Un tema tan intangible aparentemente, pero que es capaz de construir templos eternos como el Taj Mahal, o desencadenar guerras largas y terribles como aquella que propiciaron el príncipe París de Troya y su Helena de Esparta cuando decidieron dársela sin avisar a nadie (y menos al marido de Helena).


Desde el principio de la lectura el reportaje me llamó la atención:

Los científicos han descubierto que el coctel de químicos cerebrales que enciende el romance es totalmente diferente a la mezcla que promueve los vínculos a largo plazo. Entonces, ¿qué es en realidad esto que llamamos amor?

De ahí en adelante quedé enganchado a la lectura.


Resulta que, según el reportaje, todo inicio de un romance es siempre tan maravilloso que sentimos el batir de alas de mariposas en el estómago cada vez que acudimos a la cita con la nueva princesa o el nuevo galán de nuestros sueños. En realidad, no son alas lo que se están moviendo en nuestro interior sino un poderoso torrente de un neurotransmisor químico llamado dopamina. Es ese agente bioquímico el responsable de esa sensación de euforia, de renacer, de audacia, excitación y que asociamos con el ver de nuevo a la persona objeto de nuestros deseos y fantasías.


En esencia, ese enamoramiento tan arrebatador de los primeros días tiene un fundamento científico, los síntomas son reales, usted no se los está inventado. Lo que creemos o queremos llamar ‘amor’ se siente físicamente así gracias a la dopamina.


¡Pinta! ¿cierto?


Pero espérese, falta que le cuente más cosas…


Resulta ser que aquellas personas diagnosticadas como obsesivo-compulsivas presentan en su perfil bioquímico cerca de un 40% menos de otro neurotransmisor llamado serotonina. Exactamente el mismo porcentaje que las personas que acaban de enamorarse perdidamente y están sintiendo ya sabe que: alas de mariposa en el estómago.


¡Nooo!


Literalmente, no hay diferencia bioquímica entre los ataques obsesivos-compulsivos y los primeros días del affaire. O sea, al principio del romance usted se pone como loquita por el chavo, o tan loquito por ella que es capaz de regalarle 356 rosas rojas (más 4 barras de jabón Zote para que huela como a usted le gusta).


¿Lo ve? Todo tiene una explicación científica.


Ahora bien, entonces ¿es esto amor verdadero? Es esta sensación arrebatadora y hasta a veces irracional la que nos debe empujar para dar el famoso: ‘Sí, acepto’. O como pregunta Nat Geo: «¿qué es en realidad esto que llamamos amor?»


Resulta que ninguna persona es capaz, normalmente, de soportar esta inundación continua de dopamina durante mucho tiempo. Es demasiada excitación y el cuerpo busca, tarde o temprano, por equilibrio natural un estado más tranquilo, pacífico y estable (bueno, la verdad y hablando a calzón quitado, existen personas que siempre van a ser obsesivas-compulsivas, como Tito por ejemplo, que le da el yeyo cada vez que ve un árbol en pie).


Pero en general, la sabia naturaleza tiende a sustituir con el tiempo, la aceleración que brinda la dopamina por otra sustancia bioquímica que se asocia, de acuerdo a los estudios, con cierta estabilidad física, con cordura y paz emocional.


Este neurotransmisor diferente se llama oxitocina y estimula «un sentimiento de conexión: la creación de lazos afectivos». Dicho de otra manera, cuánto más se prolonga la relación sentimental, las personas van sustituyendo la excitación inicial por una más pacífica sensación de calma, de vínculo emocional que da la oxitocina.


Increíble.


Lo curioso es que, por cuestiones religiosas, sociales, políticas, psicológicas, etcétera, hemos creado esta disculpa generalizada de que con el paso de los años se pierde la pasión por la persona amada y todo se trastoca en una apacible, dulce, aburrida, predecible y lenta costumbre. Le echamos la culpa a las tarjetas de crédito, a JOH, al trabajo, al estúpido del jefe, a JOH, a las reuniones en la escuela de los hijos, al carro que se arruina, a JOH, en fin, a todas estas obligaciones de la vida diaria.


Pero no.


Si usted quiere, siga echándole el clavo a todas esas excusas, pero ahora sabe que la única culpable es la fuerza avasalladora de la oxitocina que termina por imponerse.


Mire usted…


En fin.


Después de terminar de leer el artículo, me acordé que ahora hablamos mucho de cómo el Facebook, Instagram, Tik Tok, etcétera, han obtenido tan monstruoso éxito que han llegado a apoderarse de nuestras vidas, y que todo es gracias a la liberación de dopamina que genera cada like que recibimos por nuestras publicaciones.


– ¡Eureka! – grité al igual que Arquímedes. El mundo se me hizo más claro.


De hecho, el efecto de la dopamina es tan contundente que ha sido llamada recientemente: “la molécula de la recompensa”, sin ella no podríamos estar tan felices de revisar 1,234.57 veces al día nuestro muro en el teléfono. La ciencia ha descubierto en los últimos años que no necesitamos esperar los likes a nuestras publicaciones para sentir ese estado tan agradable de éxito, pertenencia y admiración que nos regalan nuestros fans. Es más, al igual que los perros de Pavlov (y me disculpan por tan acertada comparación), los científicos han descubierto que basta con tomarnos una selfie con la intención de subirla y ya estamos llenos de dopamina (unos más que otros, que conste).

Es decir; sin haber recibido un tan solo like, ya estamos eufóricos, babeando como los animalitos de Pavlov.


Hay que confesarlo, nos excita leer esos ‘me gusta’ y todo, todo proviene de la dopamina y no por la última foto medio en pelotas que se tomó. He aquí la magia de la bioquímica o del condicionamiento operante, como lo prefiera.


Así que, resumiendo, tiene usted ya toda una explicación científica, seria y autorizada del porqué revisa tanto su celular, y porqué se enamora tan seguido por el Facebook, Messenger y/o guasap.


Sinceramente, no es culpa suya; usted no es una persona suelta de la rabadilla.

Todo es culpa de la dopamina.


Punto.


El Suscrito

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