arturososa

Hace unas semanas me pregunté por enésima vez en dónde estaban las famosas minas de plata de Santa Lucía, el pintoresco pueblo donde vivo.

Y como nunca las he visto, a pesar de ser tan mencionadas, decidí salir a buscarlas.

En otra ocasión, unos años antes, cuestioné si realmente había existido Lempira. Necesitaba saberlo, encontrar algo más tangible que una referencia escrita muchos años después de su enfrentamiento con las huestes españolas.

Así que subí tres veces a la cima de Celaque solo para tener la dicha de ver Honduras desde su punto más alto y, unas montañas más adelante, seguí los pasos de Monseñor Lunardi para encontrar en la cima de Coyocutena, lo que a mi gusto es el verdadero sitio de resistencia indígena ante el ejército del capitán Alonso de Cáceres en 1537.

En otro tiempo nadé en la laguna de Ibans y en el lejano curso del río Plátano en la zona núcleo de La Mosquitia. También navegué con mis hijos la inmensidad del Golfo de Fonseca y dormí una semana en Punta Sal; por cierto, juro y perjuro que escuchamos a un jaguar gruñirnos en Playa Escondida. 

Alguna vez fui relator invitado en las excavaciones del Dr. Seiichi Nakamura en el parque arqueológico de Copán y durante muchas tardes, en algún año que ya no recuerdo, tuve la suerte enorme de conversar largo y tendido sobre la botánica hondureña con el Profesor Antonio Molina y con José Linares en la Escuela Agrícola Panamericana. 

En más de alguna ocasión me corrigió el Dr. Cirilo Nelson cuando yo intentaba dar una explicación “aristotélica” de alguna planta que había fotografiado en las montañas. Y sin duda, si no hubiera sido por el Dr. Paul House, nunca hubiese encontrado el placer de registrar con mi cámara las orquídeas nativas de Honduras. 

Recorrí tres veces la Montaña de Botaderos para ayudar a Jorge Ferrari y al Dr. Eric Smith a encontrar la Atropoides indomitus. Por supuesto, le debo a Beatriz Lovo el haber encontrado el nombre perfecto para el grupo que creamos hace un par de décadas atrás: Honduras Indómita.

Tuve la fortuna de colaborar con dos libros de la siempre recordada historiadora del arte hondureño doña Leticia de Oyuela, y me he tomado la libertad de robarle su término “Constructores artísticos” (espero no ganarme alguna de sus famosas frases lapidarias, aun desde el más allá).

Debo confesar que llevo años intentando aprender la lengua garífuna, pero realmente no tengo tanta habilidad. Y el tolupán, la lengua nativa más antigua de Honduras, es inintelegible para mi ladino oido.

A pesar de tanto camino recorrido, cada día me convenzo más que apenas comienzo a atisbar la riqueza enorme que guarda Honduras. Todavía no la puedo calcular en toda su magnitud, pero, sí puedo compartir las historias cortas que he aprendido en este país tan grande. 

 

Esa es la razón de esta página. 

Tal vez por eso sigo aquí, en esta tierra mía, nuestra. Y como decía aquel anuncio publicitario de Rivera y Cía. en los años ochenta: «Aquí nacimos, aquí vivimos, aquí nos quedamos».

En el mejor país de mundo.

Arturo Sosa arturososa

Abril 2021