La última vez que mi mamá me zarandeó fue cuando tenia yo catorce años. Lo recuerdo clarito.

Estaba yo en el baño peinando, por enésima vez, mi nuevo corte de cabello tipo «Partido en medio», cuando entró mi madrecita hecha una verdadera furia.

¿Furia? Já…era como La Tormenta Perfecta. La encarnación terrenal del poder devastador de un hoyo negro interestelar. Salía fuego de sus ojos (se los juro), sapos y culebras de la boca y erguía la mano en el aire con movimientos aterrorizantes.

La razón de su enojo casi bíblico era a consecuencia de mi hermana. Bueno, mejor dicho, a consecuencia de un chisme de mi hermana. La muy, muy, muy, me había encontrado descubriendo el tan afamado «beso francés» con una vecinita, escondidos tras la puerta de la cocina. Y le fue con el chisme a mi mamá.

Antes de que vayan a pensar mal, debo aclarar con toda sinceridad y transparencia, que para ese momento de mi vida, yo era un joven imberbe en todos los sentidos. No sabía nada de nada de nada (¡Caramba! Casi igualito que ahora); en fin era un total inexperto en cosas de la vida.

Si yo me encontraba ahí, tras la puerta de la cocina y con las manos en la masa, no era mi culpa. Ni siquiera lo había pensado. Yo era el total juguete del Destino; o mejor dicho, de mi vecinita que siendo dos años mayor que yo, me llevaba toda una vida de experiencia. Y de malicia.

Fue ella, sí, ella, la que llegó de visita a mi casa y simulando tener sed, me llevó a la cocina para pedirme un vaso con agua. Fue ella la que en un hábil movimiento de cadera (ahora diríamos muy al estilo Messi), dio la media vuelta, medio cerró la puerta giratoria y antes de que yo pudiera siquiera pensar algo, me agarró por la cintura y viendome fijamente, me preguntó:

– ¿Sabés besar?

Yo puse la misma cara que ese señor puso en la tele cuando el mercenario le tiró el vaso con agua. ¿Se acuerdan? Bueno, la misma.

No supe qué hacer.

Ante tanta inmutabilidad mía, la vecinita me jaló hacia ella y antes que yo pudiera persignarme, o poner las manos para defenderme, procedió a enseñarme con vehemente pasión lo que ella ya sabía. Muy al estilo francés, según me explicaron los aleros por la tarde cuando se los conté.

Todas esas escenas pasaron por mi mente en retrospectiva, y en fracción de milésimas de segundo, justo después del primer manotazo que me dio mi señora madre. En el lomo, por supuesto.

– ¿Qué le hiciste a esa Cipota? ¡Y en mi cocina! -me espetó mi progenitora.

Ahí me perdí un poco. Primero, porque técnicamente yo no le había hecho nada a la vecinita. En todos caso, ella me lo había hecho. Y en segundo lugar, ¿Era tan importante que hubiera ocurrido en «su cocina»? O sea, si hubiera pasado en otra cocina, ¿no habría problema?

No alcancé a solventar la duda porque el segundo manotazo me sacó de mis cuestionamientos existenciales.

Traté de contestarle que la vecinita era dos años mayor que yo, que tenía una famita que la precedía por dos cuadras antes de que llegara y que en todo caso, yo ya tenía catorce años y cuatro pelos ralos en la barbilla.

Pero no alcancé. No pude porque en ese momento, la mano aterrorizante de mi madre se había posesionado de mi oreja derecha y en un rápido movimiento de ninja, comenzó a jalarme hacia abajo, directamente al suelo.

Y la mano jaló y jaló y jaló. Pero mi cabeza no cedió un tan solo centímetro. Tanto mi cabeza como mi dignidad permanecieron por vez primera, en su lugar. Tal vez porque para ese entonces, yo ya le sacaba a mi mamita unos veinte centímetros de altura y unas 20 libras más de peso. Es decir, yo era una mole a su lado

Viéndolo bien, en ese breve instante mi vida cambió para siempre. Quedó marcado en mi forma de ser, en mi personalidad.

Yo creo que mi mamá sintió en ese momento la resistencia del indio y se percató que algo había cambiado. ¡Claro! Tampoco era como para cediera tan fácilmente y aunque se retiró del baño, no se fue sin darme dos macanazos más. De chascada, ya saben.

Esa noche, ya acostado en mi cama, recordé lo que la vecinita me había hecho (todo…) y lo que me había costado con mi mamá.

Hombre…desde entonces he tratado de aprender al máximo sobre el tema para que no me vuelvan a preguntar (Uy…¡Dios me libre!); y de paso, también llevo años tratando de acostumbrarme a esa parte de mi forma de ser, de mi personalidad, con una oreja derecha que es catorce centímetros más larga que la otra.